lunes 24 de marzo de 2008

El eco quebrado

Anochecía sin prisas, como a pequeños golpes del cielo. El aire, estático, estaba cargado por la rabia del verano y apenas era mitigado por algún frescor del soplo norteño. En la última calle del pueblo, en el límite mismo del mundo civilizado, el hombre triste sonreía.
Oteaba el horizonte como quien espera deleitándose en sus pensamientos. -Debe estar a punto de llegar-, pensaba. Y el transcurso de las horas no le perturbaba.
El hombre triste llegó al desierto hace unos años. Nadie le ha preguntado jamás de dónde procede o cuánto tiempo estará entre nosotros. Es nuestro huésped y, como tal, el espejo de nuestras almas.
Sin embargo, la curiosidad no nos es ajena y alguno hubo que le interrogó sobre su pasado, mas él, contestó con un ligero ademán huidizo. Nadie recuerda ya su voz.
He de reconocer que despierta simpatía entre los nuestros. Aunque de su boca no brota sonido alguno, sus manos hablan por él. No hay hogar en nuestro pueblo que no tenga algunas raíces talladas por él. Hijo de un don antiguo, destila los verbos con estilizadas siluetas, sombras del mundo de la noche y guardianes de los niños. Los genios de la noche y los espíritus dañinos huyeron por su magia, o éso dicen nuestros mayores.
Le observo a menudo, mientras todos duermen. Rescato sus movimientos sutiles, la armonía de su danza natural, el escaso peso de sus brazos y la ecuación vertical. No quiero olvidar nunca ni el más mínimo detalle. Cómo se eleva en su atalaya y espera algo o a alguien; cada noche, sin fallo alguno.
Sin saber por qué, esta noche parecía sobrexcitado, inmortal. Desde mi escondrijo, el perfil que mostraba era digno de los dioses antiguos, su nariz recta y su mandíbula poderosa. Y cuando extendió sus brazos al modelo de Leonardo alineándose de forma perfecta con los cielos estelares, se desplomó.
Y se llevó con él todo el misterio y una parte de la tristeza. Esperé un prodigio, un acto sobrenatural. Y encontré una despedida abrupta. Y aunque no hay piedad para los hombres, me quedo con la grandeza de sus actos cotidianos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo podría ser la mujer triste que siempre sonreía.
Aquella que no posee perfil digno de los dioses antiguos, cuya nariz no es recta ni tiene el mentón poderoso.
Seré la mujer triste que nunca fué al desierto porque vive en el.

Y haré de esa tristeza disfrazada, la mentira mas poderosa.

Anónimo dijo...

Lo mejor, el continuará XDD









No estés tan triste

Belén